Jesús nos dice que él es la puerta, la puerta de las ovejas; si deseamos acercarnos a Dios, estar seguros “en el redil”, al abrigo del juicio que merecemos, la única solución es creer en él. Jesús mismo dijo: “El que por mí entrare, será salvo” (Juan 10:9). “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Eso no significa que las ovejas deban permanecer siempre en el redil, que no puedan ir a comer la hierba de los prados, sino todo lo contrario: el que cree en él “entrará, y saldrá, y hallará pastos” (alimento). Jesús es a la vez nuestra libertad y nuestra seguridad, el que nos acompaña cada día y a quien podemos ir en todo tiempo.

Jesús es nuestra libertad: en efecto, la ley dada en otro tiempo por Dios a Moisés era buena, pero ella solo podía obligarnos y condenarnos. Demostró la pretensión y la incapacidad de los que decían: “Todo lo que Dios ha dicho, haremos” (Éxodo 19:8). “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Pero los cristianos ya no estamos sometidos a una ley, pues “la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17). La fe en Jesús nos dio una vida nueva, cuyo objetivo es agradar a Dios.

Jesús también es nuestra seguridad, pues el pastor cuenta sus ovejas a la entrada y a la salida del redil. Si una oveja se aleja o se pierde, él la busca hasta encontrarla (Lucas 15:3-6).