Los que escuchaban a Jesús sabían que ser pastor de ovejas no es fácil. Jacob, su antecesor, había sido pastor y afirmó: “De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos” (Génesis 31:40). Como un pastor cuida a su rebaño, Dios cuidó a su pueblo y lo condujo por el desierto durante cuarenta años, hasta la tierra prometida. Le dio un buen país, paz y prosperidad.

Dios también escogió pastores como Moisés, David, y otros, para cuidar a su pueblo. Esto muestra que para ocuparnos de los hijos de Dios, nuestros hermanos en Cristo, debemos tener la misma abnegación de un pastor de ovejas. Pero algunos conductores del pueblo no cumplieron su misión: “No saben entender… cada uno busca su propio provecho” (Isaías 56:11). Lo mismo puede suceder aún hoy.

Por medio de varios profetas, Dios también prometió que escogería un pastor fiel. En el libro de Ezequiel Dios anuncia cómo cuidaría de su rebaño, de los que le pertenecen: “Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco… buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil” (Ezequiel 34:15-16).

El Salmo 23: 1 dice: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”. Así, al decir: “Yo soy el buen pastor”, Jesús afirma su divinidad y muestra ese carácter de Dios lleno de amor, cuidándonos diligentemente.

También es el buen pastor que dio su vida por sus ovejas (Juan 10:17), por amor a ellas. Lo hizo para salvarnos a usted y a mí.