“Martín, si te encuentras en una dificultad, ¡ora a Dios!”, dijo hace años una madre a su hijo que partía a alta mar. Hasta ese momento el joven nunca había aceptado someterse a la dirección de Dios. Su madre, preocupada, pensaba: “¡Si al menos pensara en Dios cuando tenga momentos difíciles!”.

Martín, lleno de energía como muchos jóvenes de su edad, no veía la necesidad de orar. De todos modos, quería decidir por sí mismo sobre su vida.

Sin embargo, desde la primera travesía, se vio obligado a orar. Solo en la cubierta del barco, mientras hacía una tarea ordinaria, que no hubiese hecho perder el equilibrio a un marinero experimentado, fue arrojado por la borda debido a una sacudida brusca e inesperada.

“¡Oh Dios, si existes, sálvame!”, gritó antes de sumergirse en las aguas.

Dios estaba atento. En ese momento un marinero fue a buscarlo, y al no ver a nadie en la cubierta, miró hacia abajo y vio la cabeza de Martín que salía del agua. Con mucho esfuerzo logró salvarlo in extremis. Martín, ya seguro a bordo, habló de su corta oración, pero nada cambió en su vida.

Sin embargo, cuando volvió a casa después de aquella travesía, aceptó acompañar a su madre a una reunión de evangelización. ¡Dios existía y se lo había demostrado claramente! ¿Cómo podía permanecer insensible? Una voz interior le decía: “¡Martín, no resistas más!”. Arrepentido, confesó a Dios que a menudo había despreciado sus llamados. Recibió el perdón y la paz mediante la fe en Jesucristo.