A menudo nuestra vida transcurre en medio de pequeñas dificultades que desaparecen tan pronto como llegan. Quizá las resolvimos nosotros mismos, pensando que era inútil hablar de ellas a Dios nuestro Padre. Pero un día llegan obstáculos más serios, por ejemplo, una enfermedad, un accidente, preocupaciones profesionales… Como de costumbre, rápidamente buscamos soluciones. Dudamos unos instantes y luego tomamos el control de nuestra vida. Tratamos de enfrentarnos al problema, o quizá damos vueltas sin hallar la solución.

¿Dejaríamos a Dios de lado en los detalles de nuestra vida cotidiana? ¿Lo habríamos olvidado? No hemos perdido la fe en la obra del Señor Jesús quien nos salva, ni la convicción de que nos preparó un lugar junto a él en la casa del Padre. Pero hemos olvidado momentáneamente esta confianza efectiva, “en todo tiempo”, experimentada por sus hijos, y que nuestro Dios merece.

¿Acaso nuestro Padre no tiene inmensas riquezas de bondad, sabiduría, fidelidad y poder reservadas para nosotros? Nos privamos de ellas por falta de una fe activa y constante, dependiente de Dios. Pero él nos ama, y no quiere eso para sus hijos. Al contrario, desea vernos crecer en el conocimiento de su amor, y disfrutar de su ternura en cada paso del camino. Entonces los obstáculos que Dios permite avivan y fortalecen nuestra fe.

Por medio de la oración, aprendamos a dejar en sus manos todas nuestras situaciones, sean insignificantes, felices o difíciles; él nos dará la paz y la serenidad, a pesar de la prueba.