Cuando vemos un huerto abandonado suponemos que no hay hortelano. Igualmente, como el mundo está en desorden, se llega a la conclusión de que no hay Dios.

En un huerto todo depende del hortelano; este siembra, planta, labra… La tierra se deja cultivar; todo parece obedecer al que la trabaja. El mundo, por el contrario, es un lugar de libertad donde los hombres actúan como quieren y obedecen lo menos posible. Son capaces incluso de hacer morir de hambre a su prójimo o de declararle la guerra. El resultado es un mundo contaminado, violento, con pocos valores morales… El abandono es total; las malas hierbas invadieron todo.

Pero Dios no trata de mejorar lo que el hombre deterioró. En la Biblia nos revela que tiene un plan para fundar “un cielo nuevo y una tierra nueva” donde vivirá con los hombres. “Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:13-4).

¿Quién será admitido en ese lugar? La Biblia nos da un ejemplo: el malhechor crucificado al lado de Jesús, que lo reconoció como Señor, recibió de su parte este mensaje: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). El que cree que Jesús sufrió el castigo que él merecía por sus pecados recibe la gracia de Dios, la vida eterna y un lugar en el cielo.