Álvaro y Jorge son cristianos, pero a Álvaro le preocupa la idea de perder su fe y, como consecuencia, su salvación. Jorge, por su parte, está totalmente seguro de su salvación. Vive tranquilo. Un día trató de explicar esto a su amigo, quien le preguntó sorprendido:

– ¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si mañana haces una locura?

– Eres hijo de tu padre -respondió Jorge-. Si mañana haces una locura, él se entristecerá, pero tú nunca dejarás de ser su hijo. Cuando somos hijos de Dios, lo somos para siempre. Recibiste la vida de Dios “por gracia… por medio de la fe… es don de Dios” (Efesios 2:8). Eres su hijo. ¿Negaría Dios a sus hijos? Si eres salvo por la fe en Jesús, Dios no te pide conservar tu salvación mediante tu conducta, sino mostrar por tu conducta que eres su hijo. Si tu salvación dependiera de tu actitud y de tus obras, aunque fuera en lo más mínimo, ya no sería la salvación por gracia. ¡Y si pudieses perder la vida eterna, ya no sería la vida eterna!

Jorge tiene razón; la salvación del creyente, incluso del más débil, está sólidamente establecida por la obra de Jesús en la cruz. Nada puede destruirla. ¡Es perfecta! ¡Jesús la llevó a cabo una vez para siempre! Obtuvo una redención eterna. Dio su vida por sus ovejas. Ellas le pertenecen, están seguras en las manos del Padre y en las Suyas (Juan 10:28-29). Nadie puede arrebatarlas de su mano; ninguna oveja está fuera de la protección de su buen pastor. ¡Y si se extravía y “hace una locura”, Su mano poderosa la encontrará y la traerá al redil!