Hoy fui a visitar a una amiga de edad avanzada que vive en una casa de ancianos. Ha olvidado muchas cosas de su vida pasada, su familia, sus conocidos… Pero su fe permanece viva, y se alegra mucho cuando le leen versículos de la Biblia. Hoy le leí el texto del encabezamiento. Entonces, con el rostro radiante, repitió suavemente: “Siempre con el Señor, siempre con el Señor”. Fue como si ya viese a su Salvador cerca de ella, sabiendo que nunca la dejará.

La perspectiva del que, como esta cristiana, ha creído en Jesús es estar para siempre con el Señor. Depositó su confianza en aquel que lo amó y se entregó a sí mismo por él (Gálatas 2:20). Sabe que pasó de la muerte a la vida (Juan 5:24), y que su lugar está preparado en la casa del Padre. Jesús dice a todos sus redimidos, a quienes ama con tanto amor: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).

El apóstol Pablo, a quien el Señor Jesús se le apareció en el camino a Damasco, tenía el “deseo de partir y estar con Cristo”; para él, morir era “ganancia” (Filipenses 1:2321).

 

¡Amor del Salvador! Te veré en luz triunfando,
Propia prenda de tu cruz, de mi dicha el Autor;
Junto al Padre pronto al estar de mi viaje al fin llegando,
Por siempre unido a Ti, también por Ti alabando:
Tu amor ¡oh mi Señor!, tu amor ¡oh mi Señor!