Esta historia sucedió hace más de 3000 años, en el tiempo de los jueces, un período difícil para el pueblo de Israel. Desde hacía siete años el pueblo era atacado por un enemigo que tomaba sus bienes y destruía sus cosechas, dejando el país en una gran miseria. Pero no todos se rendían; en la familia de Joás, un joven llamado Gedeón trabajaba en secreto para proteger sus víveres del enemigo. Dios decidió emplearlo para salvar a su pueblo y se lo hizo saber. Gedeón no sabía quién era ese mensajero que lo saludaba con estas palabras reconfortantes: “El Señor está contigo, varón esforzado y valiente” (v. 12). Gedeón no se sentía fuerte, al contrario, se consideraba incapaz de llevar a cabo la misión propuesta. Entonces el ángel de Dios lo miró fijamente y le dijo: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas” (v. 14). A pesar de su desconfianza, Gedeón siguió con fe, paso a paso. Se dejó dirigir y Dios le dio la victoria.

Amigos creyentes, a veces nos sentimos aplastados por la magnitud de una tarea, pero Dios quiere captar nuestra mirada y animarnos. Quiere despejar nuestros temores y darnos la seguridad de su apoyo. Como lo hizo con Gedeón, lo hizo también con al apóstol Pablo, cuando le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9), e incluso con el profeta Isaías: “Yo el Señor soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo” (Isaías 41:13). ¡También lo hará con nosotros!