Pedro era un discípulo muy impulsivo. Amaba mucho al Señor y a menudo lo había demostrado. Confiaba en su valentía; afirmó que estaba dispuesto a ir con su maestro no solo a la cárcel, sino también hasta la muerte (Lucas 22:33). Pero los acontecimientos se precipitaron, Jesús fue detenido y llevado al tribunal. Pedro dudó, siguió a Jesús de lejos, entró en el patio del tribunal, se calentó cerca del fuego con los guardias; allí lo reconocieron y le hicieron preguntas. Entonces, en muy poco tiempo, negó a Jesús tres veces consecutivas: “Comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis” (Marcos 14:71). El Señor se dio la vuelta y miró a Pedro… ¿Qué había en esa mirada? No había enojo, pero sí tristeza, y sobre todo compasión. Entonces Pedro recordó lo que Jesús le había dicho: “me negarás”, y lloró amargamente. Un poco más tarde Jesús tuvo una conversación privada con él (Lucas 24:34); luego tuvo otra en público para renovarle su confianza y liberarlo de ese mal recuerdo (Juan 21:15-19).

¡Cuántas veces me parezco a Pedro! Amo al Señor y me gustaría hacer grandes cosas para él; pero cuando se presenta una conversación con gente que no conoce a Dios, no me atrevo a decir abiertamente que soy cristiano, por temor a la reacción de mis interlocutores. Luego me siento incómodo con mi Salvador, consciente de haberlo negado por medio de mis silencios, mis compromisos con el mundo. ¿Quién me consuela entonces? Sé que Jesús me ama, busca mi mirada y me dice: ¡Te amo igual, morí por ti y no te abandonaré! ¡Vuelve!