Cuando el astronauta J. Irwin contaba su aterrizaje en la luna, en la misión Apolo 15 (1971), solía añadir: “El hecho de que Jesucristo haya caminado en la tierra es más importante que el hecho de que un hombre haya caminado sobre la luna”. El evento que muchos saludaron en aquella época como el apogeo de la tecnología tenía, pues, menos valor a los ojos de uno de sus actores principales que la venida del Hijo de Dios a la tierra. En efecto, es preciso reflexionar tanto en los orígenes como en las consecuencias de estos dos acontecimientos: ¡en eso se oponen totalmente!

Por un lado, el hombre tiene una gran sed natural de conocer el mundo que le rodea, una ambición insaciable que lo lleva a elevarse por encima de todo.

Por otro lado, Jesucristo, el Hijo de Dios, se humilló hasta el punto de tener un pesebre como cuna, acontecimiento que pasó desapercibido para los hombres, salvo para algunos pastores. Tomó un cuerpo semejante al nuestro para servir a los intereses de Dios, en una obediencia perfecta, cuya máxima expresión fue la muerte en la cruz (Filipenses 2:6-8).

¿Cuáles fueron los resultados de esos dos acontecimientos? Que el hombre haya caminado sobre la luna no cambió gran cosa para usted ni para mí. Pero que Cristo haya venido a la tierra, que haya muerto en una cruz y resucitado al tercer día, esto cambió el destino eterno de una multitud de gente, de todos los que creen en él. Y pronto, mediante el despliegue de un poder sin igual, el Señor llevará al cielo a todos los que lo aceptaron como su Salvador.