En relación con los versículos de hoy, el predicador británico Spurgeon dijo: “Incluso en las circunstancias más favorables, los placeres de la tierra no son comparables a la milésima parte de las delicias del servicio de Dios”.

El atleta escocés Eric Liddell (1902-1945) ilustró esta afirmación. Era un gran deportista, pero también un ferviente cristiano. En 1924, cuando se celebraron los Juegos Olímpicos en París, aunque era el favorito para la prueba de los 100 metros, rehusó correr porque se realizaba un domingo: su prioridad era reunirse con otros cristianos para alabar a Dios. Poco después ganó la medalla de oro de la prueba de los 400 metros.

En la cumbre de la gloria deportiva renunció a los honores y a las ventajas que el deporte le ofrecía. Se fue a China como misionero. Su obra fue de corta duración, pero para la gloria de Dios. Empezó la guerra y los japoneses lo capturaron. Su misión estuvo limitada a un campo de concentración en donde continuó enseñando la Palabra de Dios, animando a los detenidos, organizando estudios y deportes para los más jóvenes. Un compañero de prisión dijo: “Eric me enseñó a amar a mis enemigos y a orar por ellos”. Gravemente enfermo y todavía prisionero, su Salvador lo llevó a su presencia en el año 1945.

No todos los creyentes tienen una vocación así, pero todos pueden vivir cerca de Dios, cultivar una relación estrecha con él y servirle. Entonces también estarán listos para serle útiles en el lugar a donde él los envíe, para misiones concretas.