“Lo viví todo. No hay mucha gente que pueda decir lo mismo. Ahora puedo morir. Lo viví todo; no me gusta la vida. En la noche, a veces, me digo que no me gustaría despertarme al día siguiente”.

Esta confesión desilusionada de un conocido actor muestra que la riqueza, la gloria y los placeres de la vida no pueden satisfacer el corazón humano. Lo mismo experimentó hace mucho tiempo el rey Salomón. La Biblia nos lo muestra para advertirnos. Podemos evitar estas desilusiones si nos esforzamos en escuchar su mensaje. Salomón pudo disfrutar de todo lo que un hombre pueda desear en la tierra, y su conclusión es decepcionante: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2).

Pero lo más importante no son las cosas de la tierra, pues la vida no se detiene con la muerte del cuerpo. Salomón lo sabía y escribió:

“Teme a Dios, y guarda sus mandamientos… Porque Dios traerá toda obra a juicio” (Eclesiastés 12:13-14). Este temor de Dios lleva a la vida (Proverbios 19:23). En efecto, Dios nos invita a hallar en él la verdadera respuesta a nuestras aspiraciones. Jesús dijo:

“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). No hablaba de la sed o del hambre del cuerpo, sino de las necesidades de nuestro ser interior. Estas encuentran su respuesta en Jesucristo. ¡Solo él puede darnos la paz, el gozo y el descanso!