Jean d’ Ormesson, filósofo francés, declaró ser agnóstico. Decía que no sabía si creer o no creer en Dios. Le hubiera gustado saber, o al menos saber un poco más. “¿Qué sabemos de Dios? No mucho”, escribió. Es verdad; los conocimientos de los hombres progresan en todos los ámbitos, sin embargo, si no conocemos a Dios, nos falta el único conocimiento que cuenta. ¿Es un saber inaccesible? Lo es, si pensamos adquirirlo mediante nuestras propias facultades. La inteligencia y el razonamiento no son de mucha ayuda. Pero Dios quiere darse a conocer a los hombres para que seamos felices. Lo hace de tres maneras:

1. Mediante lo que hace: “Creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). La Biblia nos dice: “Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación” (Romanos 1:20), de tal manera que los hombres son inexcusables si no creen que Dios es el creador de todas las cosas.

2. Se revela por su Palabra escrita, la Biblia; ella es accesible a todo el que la recibe como la palabra de Dios. Es el testimonio de lo que él es, de su voluntad, de su objetivo: salvarnos y enseñarnos sus pensamientos.

3. Vino a los hombres: “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Jesús es la revelación completa de todos los caracteres divinos, y el medio de salvación para el hombre alejado de Dios. No seamos ignorantes voluntarios rechazando los testimonios tan claros de la grandeza del amor de Dios.