“¡La libertad no tiene precio! ”. Esta afirmación, repetida muy a menudo, muestra el deseo del hombre de liberarse de toda obligación. ¡Algunos gobiernos pagan un precio muy alto para liberar a sus compatriotas que han sido tomados como prisioneros o rehenes! Pero incluso esas personas liberadas permanecen sujetas a lo que son naturalmente, como todos los hombres. Si no tienen relación con Dios, siguen siendo esclavas del diablo, a quien el primer hombre obedeció.

La libertad que Dios nos ofrece es una verdadera liberación interior, completa. Ese tema es el corazón mismo del Evangelio y de la fe cristiana. En efecto, por sus propios esfuerzos, nadie puede escapar a la esclavitud del pecado ni pagar el precio por su liberación: “No se logrará jamás” (Salmo 49:8). Pero Jesús lo hizo en nuestro lugar. Nuestra libertad fue pagada al precio más elevado que pueda existir: ¡la vida del Hijo de Dios! “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:3436).

El que cree en el Hijo de Dios cambia de vida y de dueño. Jesús es su libertador. Él lo libera de toda forma de “libertad desenfrenada”, la cual es pecado a los ojos de Dios. ¡Cuántos esclavos de todo tipo de adicciones han sido sanados por Jesús! Todo cristiano es invitado a vivir “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:21). Ella encuentra su plenitud cuando el creyente busca la voluntad de Dios y es feliz cumpliéndola. Dios nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados“ (Colosenses 1:9-13).