Al Hotel Dan en Jerusalén se lo conoció con otro nombre en 2020: el «Hotel Corona». El gobierno dedicó el lugar a pacientes que se estaban recuperando de COVID-19, y se transformó en un sitio de alegría y unidad durante un tiempo difícil. En un país lleno de tensiones políticas y religiosas, la crisis compartida creó un espacio donde podían aprender a verse unos a otros como seres humanos primero… e incluso hacerse amigos.

Es natural —incluso normal— que nos sintamos atraídos hacia los que consideramos parecidos a nosotros; a personas que pensamos que comparten experiencias y valores similares a los nuestros. Pero como solía enfatizar el apóstol Pablo, el evangelio es un desafío para cualquier barrera que nos parezca «normal» entre seres humanos (2 Corintios 5:15). A través de la lente del evangelio, vemos una perspectiva más amplia que nuestras diferencias, un quebranto y un anhelo compartidos, y la necesidad de experimentar sanidad en el amor de Dios.

Si creemos que «uno murió por todos», también podemos dejar de contentarnos con suposiciones frívolas sobre los demás. En cambio, «el amor de Cristo nos constriñe» (v. 14) para compartir su amor y su misión con aquellos a quienes Dios ama más de lo que podemos imaginar.