Estando todavía en el desierto, el pueblo habló nuevamente contra Moisés porque no había agua. Pero Dios cuidaba a la multitud y quería darle de beber. Entonces dijo a Moisés: “Hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua”. Esta vez Moisés debía hablar a la roca. No era necesario golpearla una segunda vez. Jesucristo “padeció una sola vez por los pecados” (1 Pedro 3:18); no era necesario repetir su muerte. ¿Qué hizo Moisés? El pueblo lo había irritado y acusado sin razón. Entonces se enojó y levantó la voz: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas”. No dio la gloria a Dios; procedió como si fuesen él y Aarón quienes hicieron salir el agua. Con ira golpeó la peña dos veces.

A veces perdemos el control de nosotros mismos. Por ejemplo, un hijo, un compañero de trabajo o un vecino nos provoca con su actitud. El tono sube… y hay comportamientos que después lamentamos. En privado, Dios castigó a Moisés por haber actuado de esa manera; pero frente a la multitud, ¿los privaría del agua? No, pues la gracia de Dios y su paciencia no tienen límite. La roca, aunque no tenía que ser golpeada, dio su agua.

Si la ira nos llevó a decir palabras o a tener comportamientos inapropiados, confesémoslos a Dios y a las personas ofendidas. Su gracia viene al encuentro de nuestra debilidad. Su amor es inagotable. El agua fluye y nos refresca.