En China, al final del año 1989, en medio de la nieve y del viento glacial, el evangelista Xi, vendedor de Biblias y evangelios, caminaba de pueblo en pueblo en las colinas del Gansu. Al llegar al último pueblo de su gira, rápidamente notó que algo iba mal. La gente estaba fuera de sus casas, reunida en pequeños grupos.

– Buenos días a todos. Les traigo una buena noticia.

– ¡Cállese, aquí solo tenemos malas noticias! ¡Hoy robaron un bebé!

El rapto de niños era frecuente en China: bandas de ladrones robaban bebés en el campo para venderlos en la ciudad a parejas ricas que no tenían hijos.

– ¿Podría ver a los padres?, preguntó el evangelista.

– ¡Váyase, aquí no lo necesitamos!

– Por favor, quiero verlos, quizá pueda ayudarlos.

Entonces lo llevaron a la cabaña de los angustiados padres.

– Entiendo su tristeza, les dijo. Conozco a alguien que puede ayudarles: Dios. Me gustaría pedirle por ustedes. Y empezó a orar: Oh, Dios, tú que sabes todo, que puedes todo, te pedimos que nos traigas al bebé desaparecido. Amén.

– ¡Cállese y váyase!, gritó el padre. Oramos a nuestros dioses y no respondieron. ¿El suyo hará mejor? Y lo echaron violentamente del pueblo.