La inclinación más fuerte en todos los seres humanos de todos los tiempos es, sin duda, el orgullo. Satanás tentó a Eva, diciéndole: “Seréis como Dios” (Génesis 3:5). Al escucharlo, Adán y Eva ofendieron a Dios y mostraron el orgullo del corazón humano. Todos tenemos esta tendencia a querer exaltarnos. Por eso, la búsqueda de las riquezas, del poder, de la gloria, gobiernan nuestras sociedades. La historia de la humanidad confirma esta voluntad del hombre de querer dominar y dejar de lado a Dios.

Jesucristo, viniendo al mundo, mostró con su ejemplo una forma de actuar totalmente diferente. Él, el Hijo de Dios, se humilló tomando forma de hombre. Nació en un establo, en una familia modesta; vivió en la pobreza, incomprendido y rechazado. Sus discípulos también eran hombres poco estimados y, a menudo, despreciados. La gloria de nuestro Señor Jesús consistía en seguir el camino inverso al del hombre. Se humilló cada vez más, hasta la muerte, e incluso hasta sufrir la muerte ignominiosa de la crucifixión (Filipenses 2:8).

Cristianos, como todos los hombres, a menudo pensamos y actuamos con orgullo. Pero si nuestros corazones y nuestros pensamientos están ocupados y nutridos de Cristo, el Hombre perfecto, el verdadero modelo de humildad, podremos parecernos un poco a él. Jesús mismo nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).