Las diversas clases de “sed moral” que siente el ser humano pueden compararse con la sed física.

En este mundo de tantas desigualdades y tanta corrupción, todos tenemos sed de justicia. Dios promete: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

En un mundo moralmente tan sucio, muchos tienen sed de pureza. Dios está dispuesto a responder a esta aspiración y a recompensarla. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

En una sociedad dura y egoísta, el individuo está privado de amor. Dios ya respondió perfectamente a esta necesidad: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16).

En este mundo inquieto y atormentado, el ser humano busca la paz. “La paz os dejo, mi paz os doy”, declaró Jesús (Juan 14:27).

Para saciar toda “sed”, no sirve embriagarse en los placeres, las distracciones, las experiencias extremas. Es necesario encontrar una fuente fiable. ¡Dios nos la ofrece! En Jesús nos da una fuente que nunca se agota.

No perdamos nuestro tiempo corriendo hacia las diversas fuentes que el mundo propone. Vayamos a Aquel que quiere y puede saciar toda nuestra “sed”. Jesús nos invita: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).

“El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).