La palabra “pecar” significaba originalmente «errar el blanco o no cumplir un objetivo». Muy a menudo el cristiano debe arrepentirse sinceramente de su comportamiento como pecador. Trata de vencerlo, pero frecuentemente vuelve a caer en los mismos errores. Quiere hacer el bien, pero al final no lo consigue.

El pecado es más que malas acciones, malas palabras o malos pensamientos: es esa fuerza arraigada a la naturaleza heredada de nuestros padres, que nos empuja a hacer el mal. Nuestros pensamientos, palabras o hechos son motivados por esta raíz que permanece en nosotros, incluso si somos cristianos. Y si no reconocemos esta terrible realidad, nuestra conciencia puede endurecerse respecto a la gravedad del pecado, o nuestro corazón puede desanimarse bajo el peso de la culpa.

Pero Dios quiere darme la victoria sobre el pecado que me empuja a hacer el mal. Debo recordar que Jesús murió en mi lugar. Porque creo en el Señor Jesús, debo considerarme como identificado con mi Salvador muerto en la cruz. Pero Cristo no se quedó muerto. Él resucitó. Aceptar que he muerto y resucitado con Cristo me libera del pecado y de su esclavitud.

En su vida cotidiana, el cristiano evitará alimentar esta fuente de mal que está en él debido a la codicia; así vencerá, por el poder del Espíritu Santo que hace morar a Cristo en él.

Y cuando el Señor venga a buscarnos, seremos librados definitivamente de esta fuente de mal.

Lectura: Jeremías 51:33-64 – 2 Corintios 11:1-15 – Salmo 106:32-39 – Proverbios 23:26-28