Muchas personas se hacen una imagen muy personal de la gracia de Dios. Para ellas la salvación se obtiene haciendo buenas obras, complementadas con un poco de gracia. Se imaginan un paraíso lleno de buenas personas que alcanzaron el mínimo exigido por «ese buen Dios», mientras el infierno lógicamente está reservado para los que son claramente pecadores.

Agradezcamos a Dios porque esas suposiciones son falsas y no tienen nada que ver con la realidad que enseña la Biblia. Si esas ideas correspondiesen a la realidad, ¿podríamos algún día estar seguros de haber alcanzado ese «mínimo» aceptable por Dios? A los ojos de nuestros semejantes quizá demos buena impresión, pero ¿qué vale nuestra reputación tan pronto como nos colocamos ante la presencia de Aquel que sondea los corazones? Cuando se halló frente a Dios, el joven Isaías, quien hasta entonces había tenido una opinión bastante buena de sí mismo, tuvo que exclamar: “¡Ay de mí! que soy muerto” (Isaías 6:5).

La gracia de Dios está reservada precisamente para los que reconocen que son culpables y que están perdidos. Jesús mismo declaró que no había venido a llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores (Lucas 5:32). ¿Qué justicia podía hacer valer el malhechor a quien Jesús prometió el paraíso el mismo día? ¡Por supuesto que ninguna!

La Biblia afirma: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Lectura: Lamentaciones 1 – 2 Corintios 13 – Salmo 107:10-16 – Proverbios 24:3-4