Cada vez que unos amigos cristianos visitaban cierta familia, le dejaban un folleto evangelístico, el cual iba directo a la papelera. En esa casa no querían saber nada de Dios. Pero la persona que hacía el aseo, intrigada al ver esos folletos intactos, empezó a recogerlos y a leerlos. Dios tocó su corazón, recibió su Palabra como la verdad, y así aprendió a conocer a Dios por medio de Jesucristo.

Dios invita a todos los hombres: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isaías 45:22), pues Cristo “murió por todos” (2 Corintios 5:14). Unos rechazan la invitación divina, otros la reciben a través de las situaciones más inesperadas. Así, el mundo está dividido en dos categorías: los que no creen y los que creen, los que todavía están en sus pecados y los que ya no están bajo la esclavitud del pecado, los que van por el camino que los conduce al juicio eterno y los que avanzan hacia el cielo.

Este relato animará a los que desean anunciar el Evangelio. El Dios que dijo: “Mi palabra… no volverá a mí vacía” (Isaías 55:11) es fiel. Nosotros debemos sembrar la Palabra de Dios desde la mañana hasta la tarde (Eclesiastés 11:6). Nuestros esfuerzos son muy débiles, a veces pueden parecer inútiles, pero la nueva vida viene de Dios. Confiemos en él para que esta semilla del Evangelio caiga en un terreno preparado, germine y lleve fruto.

“El sembrador salió a sembrar… parte (de la semilla) cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno” (Mateo 13:38).