Era un maravilloso jardín. Su nombre era Edén, que significa delicia, abundancia, gozo. Un río lo regaba y magníficos árboles daban frutas deliciosas. En medio del huerto se hallaban el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios había colocado ahí al primer hombre, Adán, y lo había rodeado de todo lo que necesitaba para ser feliz.

Dios había confiado a este primer hombre, como criatura sumisa a su Creador, la responsabilidad de cultivar y guardar el huerto (Génesis 2:15). Había dicho a Adán: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

Dios concedió a Adán una esposa idónea, Eva. En el entorno feliz del primer huerto ¿qué hicieron nuestros primeros padres? No tuvieron en cuenta las bendiciones que habían recibido de Dios, ni la prohibición que les fue hecha, ni siquiera el juicio que los amenazaba si desobedecían. ¡Más bien Eva escuchó la voz de Satanás, tomó del fruto prohibido, lo comió y dio también a su marido! Se dejaron seducir por la idea de ser como Dios. Desobedecieron, y esto rompió su relación con Dios (cap. 3:1-19).

Si las cosas se hubiesen detenido ahí, el diablo habría obtenido una victoria sobre Dios, llevando con él a la perdición la criatura cuya felicidad Dios deseaba. ¡Pero esto era imposible! Entonces Jesús vino para hacer posible el plan de Dios y salvar a los hombres perdidos, mediante la victoria que obtuvo sobre Satanás al morir en la cruz.