La Biblia habla de otro huerto, llamado Getsemaní o huerto de los Olivos (Marcos 14:32). Jesús estaba allí de rodillas, orando en la noche. Su alma estaba triste y angustiada. El combate interior era tan intenso que su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra, y el cielo envió un ángel para fortalecerlo (Lucas 22:4344). Jesús, el único justo, aceptó de parte de su Padre, a quien amaba tan tiernamente, llevar sobre sí mismo todos nuestros pecados. Así él soportó el juicio inflexible del Dios santo.

Su aceptación era necesaria y decisiva a la vez para vencer al adversario, Satanás, y permitir a los hombres pecadores obtener la gracia divina. Jesús exclamó: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). El Señor Jesús, quien hasta entonces había estado en constante comunión con Dios, se hallaba ante esta terrible perspectiva: sufrir el abandono y la ira de Dios. Jesús, el único hombre perfectamente obediente, lo sería hasta la muerte.

Huerto de Edén, maravilloso paraíso, pero perdido definitivamente por la desobediencia del hombre. Huerto de los Olivos donde, en la oscuridad de la noche, brillaron con su mayor esplendor las perfecciones del Hombre obediente. En el primer huerto, la criatura quiso elevarse para hacerse igual a Dios. En el segundo, el Hijo de Dios se humilló y aceptó con sumisión los sufrimientos y la muerte para salvar a los hombres.