El académico francés Jean d’Ormesson escribió: «Espero que después de la muerte haya algo que no conozco. Espero que, fuera del tiempo, haya un poder que, por aproximación y por mayor simplicidad, podamos llamar Dios».

Job, quien vivió hace unos 4000 años, se expresaba totalmente diferente: “Yo sé que mi Redentor vive”. Job no esperaba, sino que sabía que su Redentor estaba vivo en el cielo. Sin conocer su nombre, había vislumbrado que Jesús sería el gran vencedor, el Salvador de todos los que creen en él. Job padecía una dolorosa enfermedad de la piel, pero sabía que después de su piel, su cuerpo sería destruido, y añadió: “en mi carne he de ver a Dios”. Para él, la resurrección era una realidad, incluso física, que un día lo llevaría a la presencia de Dios.

Un hombre, por muy filósofo que sea, no puede comprender lo que pasa después de la muerte. Mediante su razonamiento puede admitir la existencia de Dios, pero con respecto al más allá solo puede hacer suposiciones.

¿Cómo ver más allá de la frontera de la muerte? Recibiendo lo que Dios nos reveló. La alternativa es esta: confío en mis propios pensamientos y permanezco en la duda hasta que deje este mundo, o recibo lo que Dios reveló y por la fe acepto lo que me dice.

¡Sí, Jesús venció la muerte! Está vivo, eternamente vivo, y da la vida eterna a los que confían en él.