Un empresario jubilado había acumulado una gran fortuna y presumía hablando de todas sus posesiones. Cierto día se encontró con uno de sus antiguos compañeros del servicio militar. Lo invitó a comer y le hizo la lista de todas sus propiedades. Desde su terraza incluso se podía ver un museo que llevaba su nombre. El amigo escuchaba y miraba distraído todo lo que el empresario le mostraba. Luego, señalando hacia el cielo, le preguntó: «Y allá arriba, amigo mío, ¿qué tienes?».

Esto es lo que la Biblia nos recuerda tan a menudo: “Porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Lo que realmente cuenta es ser “rico para con Dios” (v. 21). Esta riqueza no se adquiere por medio del dinero ni del trabajo. Dios la da gratuitamente a todo el que cree en su Hijo Jesucristo, a quien envió del cielo a la tierra para salvar a los pecadores. Sea pobre o rico en bienes materiales, todo hombre necesita ser enriquecido de esta manera. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36), y sus pecados son perdonados. Es la única riqueza de la cual ni siquiera la muerte puede privarnos.

“No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste” (Proverbios 23:4).

“Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Timoteo 6:9).

“La bendición del Señor es la que enriquece, y no añade tristeza con ella” (Proverbios 10:22).