Esta palabra tiende también a desaparecer del lenguaje religioso contemporáneo, sin embargo, ocupa un lugar importante en la Biblia, porque todos los hombres deben arrepentirse. No hay otro camino para entrar en relación con Dios. El evangelio anunciado por el apóstol Pablo se basa en estos dos puntos: el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo (Hechos 20:21).

El arrepentimiento es una obra de Dios en el alma. No es un simple cambio de actitud exterior. El verdadero arrepentimiento comienza cuando reconozco el desorden moral en el que estoy por naturaleza. Es el despertar de la conciencia que se vuelve a Dios. El hombre que se arrepiente emite un juicio sincero sobre el mal que cometió. Quizá no se trate de un pecado particularmente grave, sino del conjunto de una vida en la que no se le dio lugar a Dios. El arrepentimiento se manifiesta mediante la confesión de nuestro estado moral a Dios, porque es a él a quien hemos ofendido (Salmo 51:4).

En el arrepentimiento también hay una luz de esperanza, un llamado a la misericordia divina, el sentimiento de que la benignidad de Dios nos guía. Dios no quiere la muerte del pecador; al contrario, desea concederle su gracia, su perdón, precisamente porque Jesús llevó en la cruz todo el juicio que merecía nuestra conducta hacia él.

El arrepentimiento conlleva un cambio completo en la conducta del creyente: es la conversión. Da al corazón el gozo de estar en armonía con Dios: “Habrá… gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:7).