Mientras visitaba una residencia de ancianos pude hablar con uno de ellos: «Hace algunos años trabajé como voluntario en una de estas casas, y sé hasta qué punto la vida aquí puede ser monótona».

Mi interlocutor estaba sentado en su habitación, ante su ordenador, ubicado en un pequeño escritorio. Y me respondió: «Pues no, la vida aquí no es para nada aburrida». Luego abrió un armario donde guardaba algunas pinturas al óleo y todo su material. Lo escuché, muy interesado, al ver cuán feliz era mostrándome sus obras de arte.

«Y mire allí, me dijo mostrándome una caja llena de CD. Todo esto son meditaciones bíblicas que copio y que regalo». Evidentemente, esta ocupación le daba mucho gozo. Cuando nos despedimos, me miró sonriendo y me dijo una frase que no olvidaré: «Fue aquí, en esta casa, donde conocí a Jesús».

Había llegado a dicho hogar minusválido, sin esperanza para el futuro, pero allí había conocido a Jesucristo y su amor por él, demostrado en la cruz. Lo había aceptado como su Salvador; ahora el Señor animaba su existencia, y él lo amaba, le oraba y lo alababa. El gozo apacible que iluminaba su rostro era la prueba evidente de que su vida había sido completamente renovada por la fe en Cristo.

“¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno… ni se fatiga con cansancio…? El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan… pero los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:28-31).