El predicador Charles Stanley estaba en York (Inglaterra), en medio de una multitud que esperaba para ver el desfile del cortejo fúnebre de un personaje eclesiástico. Pero pronto la lluvia los obligó a buscar refugio en un hangar.

Stanley aprovechó la ocasión para abrir su Biblia y leer: “Bienaventurados… los muertos que mueren en el Señor” (Apocalipsis 14:13). Luego explicó que nadie puede ser llamado bie?naventurado simplemente porque es miembro de tal o cual iglesia, y que la única condición, necesaria y suficiente a la vez, es pertenecer al Señor Jesús.

Estas palabras produjeron malestar entre los oyentes; entonces Stanley explicó qué significa estar en el Señor y morir en el Señor. Insistió en el hecho de que solo la fe permite a una persona recibir la salvación que Dios ofrece; después, el que ha creído puede morir en paz esperando la resurrección del cuerpo.

Uno de los oyentes preguntó: «Si comprendí bien, ¿ya durante nuestra vida podemos saber que somos salvos y que poseemos la vida eterna?».

Stanley respondió citando numerosos textos de la Biblia, los cuales muestran que Dios da a sus hijos la seguridad absoluta de su salvación, desde ahora en la tierra. No esperamos tener la vida eterna, sino que sabemos que ya la poseemos. Nuestro cuerpo puede morir, pero nuestra relación viva con Dios es establecida definitiva y eternamente.

“¿Qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia… mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:35).