Esa mañana la prensa relató un suceso trágico ocurrido en el Monte Blanco (montaña más alta de la Unión Europea): cuatro alpinistas fueron sorprendidos por una fuerte tormenta a 4.000 metros de altura. Cegados por la nieve, entumecidos por el frío y frenados por la violencia del viento, trataron de llegar al refugio de Goûter, 100 metros más abajo. Solo dos de ellos, totalmente agotados, lo lograron. Los otros dos fueron hallados muertos mucho más tarde, bajo una espesa capa de nieve.

Cuando una tempestad azota nuestra vida (enfermedad, duelo, desempleo, separación…?), ¿dónde buscamos ayuda? ¿Encontramos refugio en el alcohol o la droga? ¿O en el olvido, multiplicando las actividades y distracciones? ¿Y después? Al levantar la cabeza nos volvemos a encontrar en el mismo punto de partida, ante la realidad: la tempestad sigue ahí.

Entonces, ¿quién puede ayudarnos realmente? Dios nos propone refugiarnos en aquel que quiere conducir las circunstancias de nuestra vida: Dios mismo. Desde siempre, ese Dios de compasión ha sostenido y levantado a hombres y mujeres desesperados. Depositando su confianza en él hallaron la fuerza para enfrentar la adversidad, encontraron un nuevo sentido a su vida trastornada y una razón para esperar.

Si está desconcertado, acérquese a Dios con humildad, sinceridad, fe, y déjele actuar. Él conoce las circunstancias de su vida y quiere darle la paz… ¡la paz con Dios!