Carlos había tenido una juventud disoluta, pero cuando se convirtió a Jesucristo pasó a ser un ferviente predicador del Evangelio. Una tarde, al entrar al salón donde iba a predicar, alguien le dio un papel en el que decía: «Eres un hipócrita. Te voy a refrescar la memoria. Recuerda esto… aquello… ¿Vas a tener la osadía de levantarte en esta sala para predicar?».

El golpe fue brutal. Carlos subió al estrado, abrió su Biblia y leyó: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). Hizo una pausa y empezó diciendo: «Amigos, cuando entré en la sala, alguien me entregó un mensaje. El autor, quien me conoce, me recuerda mi conducta escandalosa de otro tiempo. Tengo tres cosas que decirles:

– La primera es que él tiene la razón. Reconozco con vergüenza y tristeza los errores de mi juventud.

– La segunda es que todo está perdonado, pues si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos debido a la obra que Jesús cumplió en la cruz.

– La tercera es que, si Dios puede perdonar a alguien tan culpable como yo, no hay nadie que sea un pecador demasiado grande para no obtener el perdón divino…».

La Biblia nos dice: “Y a vosotros, estando muertos en pecados… os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Colosenses 2:13).