Si usted visita el castillo de Haut-Koenigsbourg en Alsacia (Francia), verá varios cañones del siglo XVI (16). En uno de ellos, muy cerca del orificio por donde se introducía la mecha, se puede ver, fundida en relieve, una representación del Cristo crucificado. ¿Era un amuleto para una batalla en la que se temía perder la vida? ¿O se pretendía tener a Cristo de su lado? ¡Qué incoherencia asociar a Cristo crucificado con tal instrumento de muerte!

Durante toda su vida, Jesucristo mostró concretamente un amor y una gracia que la maldad de los hombres no pudo quebrantar. Ni siquiera se defendió cuando fue clavado en la cruz. Un cañón está hecho para matar y destruir, pero la misión de Jesucristo fue salvar y sanar.

Un crucifijo fundido en la masa de un cañón evoca las «guerras santas» llevadas a cabo en el nombre de Cristo. Todas ellas mostraron un total desconocimiento del carácter y misión de Cristo. Durante su vida en la tierra, Jesús nunca se involucró en los conflictos que sacudían a Israel. Su vida fue, constantemente, la expresión del amor divino hacia todos. No puso resistencia cuando fueron a prenderlo. Se dejó clavar en la cruz, pues sabía que su muerte era necesaria para que nosotros pudiésemos tener la vida eterna.

El mensaje de Jesús fue: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lucas 6:27-28). “Como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34).