Julia amaba los animales, y el sacrificio de animales ordenado antiguamente al pueblo de Israel le molestaba mucho. Por ello preguntó a su papá: –¿Por qué Dios, quien es amor, ordenaba degollar a los corderitos?

Entonces su padre le explicó: –Después de la desobediencia del primer hombre, la muerte entró en el mundo, como Dios lo había anunciado claramente a Adán (Génesis 2:17). Por esta falta del hombre, toda la creación, incluso los animales, sufrieron las tristes consecuencias del pecado, en particular el sufrimiento y la muerte. Al ordenar los sacrificios de animales a su pueblo, Dios mostraba que quería dar a los hombres un sustituto para sufrir el castigo que el pecado merecía.

Y todos esos sacrificios anunciaban por anticipado el sacrificio supremo, el de Jesús, el Cordero de Dios. Proclamaban que su sangre sería derramada en la cruz y que Jesús daría su vida para borrar los pecados. Él era “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). “Como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7).

Cada vez que la sangre de un cordero era derramada, Dios pensaba en el terrible sacrificio que haría con su muy amado Hijo. Veía de antemano la sangre de Jesús derramada para purificar a los hombres de sus pecados.

Aquellos sacrificios no eran una expresión de crueldad, sino la expresión anticipada del inmenso amor de Dios por los hombres pecadores.