Dos malhechores fueron crucificados al mismo tiempo que Jesús, ambos fueron condenados al peor castigo de la época debido a sus crímenes. A pesar de la vergüenza y de los terribles sufrimientos de la crucifixión, se sumaron a la multitud que insultaba a Jesús. Uno se burlaba de él, diciendo: “Sálvate a ti mismo y a nosotros”. ¡Qué muestra de la bajeza humana y de su deseo de ser liberado de las consecuencias del pecado sin juzgar la causa de ello! Pero de repente el otro cambió de actitud; tomó conciencia del temor debido a Dios. Hasta entonces su temor estaba limitado a los tribunales humanos. Pero entendió que pronto comparecería ante el Juez supremo en su condición de miserable pecador. Reconoció que el juicio que lo alcanzaba era merecido. Fue el principio de un verdadero arrepentimiento. Discernió y proclamó la perfección de Jesús, aunque las apariencias parecían indicar lo contrario. Es la fe. Atestiguó que Jesús es Señor y Rey, y le pidió que se acordara de él, cuando estableciera su reino. Es la esperanza.

En el umbral de la muerte, ¿qué balance pudo hacer este malhechor? Una vida condenada por los hombres y por Dios, en la espera del juicio eterno. Pero Jesús vino precisamente para salvar a los que se reconocen perdidos, como este malhechor, y acuden a la gracia.