La creación del cielo y de la tierra tenía como objetivo el asentamiento, la actividad y la felicidad del hombre creado a semejanza de Dios, a su imagen. El texto bíblico nos muestra todos los cuidados que Dios prodigó a Adán y Eva al colocarlos en el huerto de Edén. Esta pareja había recibido total libertad para alimentarse con todo lo que allí se encontraba. Qué agradecimiento debería haberlos animado para escuchar lo que Dios les había pedido: ¡debían abstenerse de comer del fruto de un solo árbol, el del conocimiento del bien y del mal!

Pero seducidos por Satanás, Eva y luego Adán dejaron entrar en su corazón la duda. Decidieron desobedecer a Dios y comer lo que Dios les había prohibido. Fue así como el pecado entró en el mundo (Romanos 5:12). El hombre, expulsado del huerto, tuvo que permanecer lejos de la presencia benéfica del Dios santo.

Pero “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20); porque Jesucristo vino a reconciliar la criatura con su Creador, “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).

Por lo tanto, Dios no nos condena, sino que nos ama y desea entrar en relación con cada uno. Él mismo trazó el camino de la reconciliación: creer en Jesucristo, muerto y resucitado, único mediador entre Dios y los hombres.