Rechazado por los hombres, Jesús murió en una cruz. Pero, mediante su sacrificio, llevó a cabo la obra que Dios le había confiado para la salvación de los pecadores.

Después de la corona de espinas Dios lo resucitó y puso en su cabeza una “corona de oro fino” (Salmo 21 : 3) y lo coronó “de gloria y de honra” (Hebreos 2 : 9). Después de haber sido despojado por los hombres, Jesús fue revestido de “honra y majestad” (Salmo 21 : 5).

Después de su crucifixión entre dos malhechores, Dios lo invitó a sentarse “a la diestra de la Majestad” (Hebreos 1 : 3).

Las burlas se acabaron, y las criaturas celestiales lo adoraron con el más profundo respeto.

El contraste es absoluto : Aquel a quien el cielo colma así de honores es el mismo hombre de quien la tierra se deshizo. En efecto, Jesús todavía lleva en sus manos y en sus pies las marcas de las heridas que los hombres le infligieron.

Dios permitió que la humanidad manifestara su odio contra su Hijo porque quería salvar a esos hombres pecadores que lo detestaban, pero que él amaba. Hoy hace proclamar su salvación gratuita en todo el mundo. Los que reciben esa salvación son felices de reconocer la gloria de Jesús.

Pero un día todos tendrán que reconocer la gloria de este hombre despreciado. Aquel día toda rodilla se doblará ante él, y los hombres tendrán que reconocer su grandeza. No obstante, será demasiado tarde para ser salvo.

¡No espere a que llegue ese día, acepte a Jesús como su Salvador y su Señor ahora mismo !