Manuel acababa de enterarse de que a su madre le habían diagnosticado un cáncer fulminante… ¡Qué golpe tan fuerte, qué terrible dolor !

“Mi madre va a morir y no puedo ayudarla, no puedo decirle nada que la consuele”. En medio de su desesperación clamó a Dios, a quien no conocía : “Te necesitamos. Si existes, revélate a mí”.

Algunos días después Manuel se encontró con un cristiano ; este le habló de Jesús el Salvador, quien nos libra de nuestra miseria moral y quiere calmar nuestro dolor. También evocó sus misericordias, la esperanza que tiene el creyente de estar pronto con el Señor eternamente, en la casa del Padre en la que todas las lágrimas serán secadas y donde no habrá más muerte (Apocalipsis 21 : 4).

¡Qué maravilloso descubrimiento en medio de su dolor ! Manuel creyó y aceptó a Jesucristo como su Salvador personal. Enseguida quiso compartir su nueva felicidad con su madre. Le habló con convicción y esto interpeló la conciencia de su madre. Entonces vio cómo Jesús llenaba su corazón de paz.

La enfermedad se llevó a esa amada madre pero el buen Pastor la tomó en sus brazos. Manuel testificó emocionado : “Apenas me atrevo a decirlo, pero los últimos días que pasé con mi madre fueron los más bellos de mi vida. ¡Teníamos algo tan grande para compartir ! Jesús había llenado nuestros corazones de un amor y una paz que es imposible describir”.

“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46 : 1). Cristo Jesús hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1 : 20).