Mientras limpiaba el jardín para prepararlo para los cultivos de primavera, tomé un manojo grande de malezas invernales y las arranqué de un tirón. Una cobra venenosa estaba escondida en el matorral justo debajo de mi mano; unos pocos centímetros más y la habría agarrado sin querer. Vi sus manchas coloridas en cuanto levanté el manojo; el resto estaba enroscado en las malezas entre mis pies.

Cuando pisé el suelo ya a cierta distancia, di gracias a Dios de que no me picara. Y me pregunté cuántas veces me habría guardado de peligros que nunca supe que estaban cerca.

Dios cuida a su pueblo. Antes de entrar en la tierra prometida, Dios les dijo a los israelitas: «El Señor va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides» (Deuteronomio 31:8). No podían ver a Dios, pero Él estaba con ellos de todos modos.

A veces suceden cosas difíciles que no entendemos, ¡pero también podemos meditar en la cantidad de ocasiones en que Dios nos ha preservado sin siquiera darnos cuenta!

La Escritura nos recuerda que su cuidado providencial y perfecto permanece sobre su pueblo todos los días. El Señor siempre está con nosotros (Mateo 28:20).