Tomar una cena con alguien supone que hay una amistad, un deseo de intercambiar, de compartir alegrías y preocupaciones. Jesús quiso compartir con sus discípulos una última comida antes de sus padecimientos en la cruz (Lucas 22 : 15). Esa última “cena” es mencionada en los cuatro evangelios. Aquella noche el Señor instituyó la Cena -el pan y la copa- que deseaba compartir con sus discípulos antes de ser crucificado.

Veamos la actitud del Señor hacia los suyos, a quienes amaba. Desde su llegada, él, el Maestro, se humilló. Lavó los pies a cada uno para que se sintiesen bien en su presencia. Simpatizó con todo lo que les preocupaba, como si dijese : Conozco el poder de Satanás, la traición de Judas, la debilidad y el amor de cada uno… Y añadió : “No se turbe vuestro corazón”. “Confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 14 : 27 ; 16 : 33). Cenar con Jesús significaba beneficiarse de sus maravillosas compasiones.

Pero Jesús tenía otro objetivo : compartir sus pensamientos con sus discípulos, a quienes llamaba “amigos”, “hijos”. Les habló de la casa del Padre, de su comunión con el Padre ; les anunció la venida del Espíritu Santo que estaría siempre con ellos (lea Juan 13 a 17).

Todos los que reciben al Señor hallan a alguien que los anima en todas las circunstancias. Al mismo tiempo los introduce en la esfera de sus intereses por Dios y por todos los creyentes, es decir, su Iglesia. Así somos llevados a tener comunión con el Padre, con el Señor y con los suyos.