La vida social es un requisito indispensable para todo individuo, también es su situación normal. Vivir con otras personas es una necesidad natural ; por ello en el principio Dios creó a un hombre y a una mujer y los unió. Así constituyó la primera estructura social : la familia.

Pero las necesidades legítimas de colaboración, de compartir capacidades y talentos, nos conducen a tener vidas sociales más amplias que la familia : sociedad, ciudad, naciones…

En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel salió de Egipto, Dios organizó la vida colectiva mediante una ley llena de sabiduría, en la cual el respeto hacia el otro tenía toda su importancia.

En el Nuevo Testamento, otra forma de vida colectiva apareció para los creyentes, la Iglesia. Desde entonces, los que somos salvos por la obra de Jesús nos reunimos en torno a ese mismo Jesús, quien está presente, aunque no lo veamos, para alabarlo y servirle.

Dios desea tener una verdadera relación con el hombre, no una religión, sino una comunicación. Quiere ser un Dios cercano, no un concepto incierto. Vivamos estos vínculos estrechos con Jesús, con Dios.

Sea cual sea nuestra generación, estemos dispuestos a vivir en armonía con nuestros vecinos, con nuestras familias, amigos, con nuestros hermanos y hermanas de la familia de Dios, no según una lógica egoísta, sino dando y dándonos a los demás, a semejanza de lo que Cristo hizo.

“La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hechos 4 : 32).