“Llevábamos 18 días a la deriva. En aquella pequeña embarcación, a la cual no cesaba de filtrarse el agua, habíamos enfrentado varias tormentas e intensos frentes fríos. Teníamos hambre y sed. Los innumerables barcos comerciales que pasaban no podían vernos ; los remos tampoco respondían ante la caprichosa voluntad de la corriente oceánica del Caribe.

Mis fuerzas y mi fe en Dios estaban a punto de sucumbir, aunque en público no demostraba ninguna debilidad. Ya no tenía ánimos para cantar, ni alabar. Los ojos de mis compañeros no creyentes estaban puestos en mí en todo momento, a la expectativa de mi posible frustración.

”Señor“, le dije desde el fondo de mi alma,”mi fe se desmorona ; si no nos salvas hoy, ya no podré mantener el ejemplo en alto por más tiempo ; tú me conoces, no puedo más ; lo siento“.

Esa madrugada vimos una luz distante que se acercaba lentamente hacia nosotros. Eran dos pescadores mexicanos que recogían sus redes kilométricas y, sin que nadie lo sospechara, estas se habían enredado en nuestra hélice por debajo del agua. Literalmente nos habían pescado. Entonces fuimos rescatados.

No importa cuántos días haya durado la prueba, ni las terribles circunstancias que hayamos tenido que atravesar. Él nos cuida. Debemos ser sinceros con Dios y no aparentar una fuerza interior que realmente no poseemos ; solo él la renueva. El mundo espera y desea ver nuestra caída y desesperanza, pero debemos permanecer firmes en la fe. Jesús nunca nos probará más allá de lo que podamos resistir. Su luz nos guía en la oscuridad ; incluso cuando parece que vamos sin rumbo, a la deriva, las redes de Sus manos nos sostienen con amor para rescatarnos”.