Por ser cristiano, Iván fue llevado a Siberia a un campo de trabajo. Allí el invierno era especialmente duro; la temperatura bajaba hasta 50ºC bajo cero, e Iván debía trabajar fuera. La jefatura del campamento le ofreció otro trabajo en una habitación con calefacción, pero con la condición de colaborar con ellos en un detalle: compartiría el dormitorio con otros prisioneros cristianos y daría a la policía el informe exacto de sus conversaciones y actividades. La propuesta era tentadora, pues ya no tendría que pasar frío ni hacer trabajos forzados. “Simplemente nos gustaría saber de qué habla esa gente”, le dijeron los jefes del campamento. Iván comprendió la trampa: se trataba de traicionar a sus hermanos. “¿Sabe qué hizo Judas después de haber traicionado a Jesús?”, preguntó Iván al que le hizo la propuesta.

El hombre sacudió la cabeza, pues no sabía. “Se suicidó, dijo Iván… y yo quiero vivir, vivir para Cristo o morir para su gloria”.

La conversación se detuvo ahí. “Tuve que regresar al frío, pero mi corazón estaba cálido”, declaró más tarde ese fiel creyente.

Y nosotros, cristianos, ¿estamos dispuestos a renunciar a las ventajas materiales, para permanecer fieles al Señor? Un compromiso con el mal en nuestra vida personal, en nuestras relaciones profesionales, familiares, o con el enemigo, Satanás, siempre tiene consecuencias muy tristes. Pero la paz y el gozo acompañan la fidelidad a Dios y a su Palabra, cueste lo que cueste. En Hebreos 11: 35-36 se nos habla de fieles que “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección”.