Hoy veremos un episodio de la historia de dos profetas del Antiguo Testamento.

El primero, Elías, anunció que vendría una sequía sin precedentes sobre todo el país: “No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1). ¡Semejante declaración podía parecer una locura! Sin embargo, sucedió tal como Elías lo dijo: ¡durante más de tres años no cayó ni una gota de agua! El secreto de dicho poder se resume en pocas palabras: Elías se hallaba en la presencia de Dios. Vivía con Dios y estaba dispuesto a servirle. Su comunión con él era tan grande que podía discernir su voluntad y de esta manera dirigir la lluvia.

El segundo no se parece al primero. Al contrario de Elías, Jonás huyó de Dios. No quería transmitir el difícil mensaje que Dios había enviado a los habitantes de Nínive. Tomó un barco que iba rumbo a un destino muy diferente; la tempestad sobrevino y el barco estaba en peligro de zozobrar. Jonás tuvo que confesar su falta a los miembros de la tripulación. No podía ayudarles en nada; al contrario, terminó diciéndoles: “Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros” (Jonás 1:12).

Dios nos enseña mediante el ejemplo de Elías y el contraejemplo de Jonás. Como cristianos podemos “vivir en la presencia de Dios” o al contrario, “huir de su presencia”. Cultivemos una relación serena y confiada con nuestro Dios: así Dios dará fuerza y eficacia a nuestro testimonio.