Sorprendentemente la expresión “en debilidad” es aplicada a Jesucristo. El Señor de gloria (1 Corintios 2:8) fue “crucificado en debilidad”. Su camino en la tierra fue marcado por su humanidad: “Estando en la condición de hombre” (Filipenses 2:8). Esa condición humana estuvo caracterizada por la debilidad, cuya máxima manifestación fue su muerte en la cruz.

Pero la debilidad de ningún modo debe ser confundida con un defecto. El Señor Jesús “no conoció pecado”; “no hay pecado en él” (2 Corintios 5:211 Juan 3:5). Para salvar a los hombres, Jesús se hizo verdaderamente hombre en la tierra; por eso sintió cansancio, hambre, sed… ¡Y luego aceptó morir en nuestro lugar! Su cuerpo fue puesto en una tumba. Todo esto muestra la humillación del Hijo de Dios, quien se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7), con toda la debilidad que eso implica. Pero ahora, vive por el poder de Dios.

Cuando los creyentes mueren, su cuerpo es colocado en la tierra como una “semilla”, así lo expresa la Escritura: “se siembra en debilidad”. La muerte es el punto final de la fragilidad humana. Pero dice: “se siembra”. Y, por la fe, esto implica una esperanza de vida, pues el versículo continúa diciendo: “resucitará en poder”. Cuando nuestro Señor Jesús venga, el poder que lo resucitó actuará también sobre “el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21).

¡Qué poder tiene Dios! ¡Qué triunfo ante toda la debilidad e incapacidad que todavía nos caracteriza!