Ese segundo “yo soy”, pronunciado por Jesús, alude a la profecía de Isaías con respecto al Mesías, quien debía traer la luz no solo a Israel, sino a todo el mundo. “Que tú seas… por luz de las naciones” (Isaías 49:6).

La luz dada por Dios “resplandece” en las tinieblas: nos muestra el verdadero rostro del mundo que nos rodea, descubre lo que queremos esconder en nuestro corazón. Ella “alumbra a todo hombre” (Juan 1:59), pero su efecto siempre depende de la manera en que es recibida. Podemos escondernos o huir de ella, tal como hacen los insectos que corren a esconderse en otro lugar cuando levantamos la piedra que los cubría. Entonces no tiene efecto. “Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Pero si el corazón está realmente comprometido, como lo subraya la expresión “el que me sigue”, esa luz es una guía y una fuente de bendición. Para el corazón, es “la luz de la vida”.

Seguir a Jesús es confiar en él en todos los aspectos de mi vida, pues me ama y es más sabio que yo; es obedecerle en todo lo que me dice. “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).

Antiguamente, el pueblo de Dios avanzaba hacia la tierra prometida siguiendo la nube que lo iluminaba y lo conducía. Así Jesús camina hoy con nosotros, y su Palabra es una luz a nuestro camino.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).